Julius Evola

12. LA RAZA Y LOS ORIGENES

La importancia que revista para nuestra doctrina el estudio de los orgenes y, consecuentemente, la ciencia de la prehistoria, aparece con toda claridad en las investigaciones relativas al racismo "en tercer grado". Pero es necesario introducir en esa disciplina criterios revolucionarios y descartar resueltamente un cierto nmero de prejuicios propios a la mentalidad cientifista y positivista que, favorecidas por una escuela histrica superada ya, persisten en las formas ms extendidas de la enseanza general. No mostraremos ms que dos ejemplos.

Conviene ante todo superar el prejuicio evolucionista en nombre del cual, en estrecha relacin con principios progresistas e historicistas, se ha interpretado el mundo de los orgenes y de la prehistoria como el mundo oscuro y salvaje de una humanidad semi-bestial que, poco a poco, dificultosamente se habra "civilizado" y sido capaz de poseer una cultura. El racismo afirma, contrariamente, que existieron ya en la poca prehistrica pueblos que adems de una pureza racial que luego perdieron, posean una vasta inteligencia del mundo espiritual. Ciertamente no eran "civilizados" en el sentido moderno de la palabra (en relacin con el desarrollo de los conocimientos experimentales de la tcnica, del sistema jurdico-poltico, etc.) pero posean cualidades de carcter y una visin espiritual del mundo, la cual proceda de contactos reales con las fuerzas suprahumanas de la naturaleza; visin no "pensada", sino vivida, concretizada por tradiciones, y expresada y desarrollada mediante smbolos, altos y mitos.

En relacin con esto, conviene igualmente atravesar las nuevas fronteras de la investigacin prehistrica: las hiptesis racistas ms recientes relativas a la cuestin de los orgenes del hombre nos llevan en tomo al ao 10.000 a. de J.C. mientras que hasta hace poco, pareca difcil evocar civilizaciones que se remontasen a dos o tres mil aos antes de Cristo. En lo que concierne ahora al cuadro general del problema que se ha dado en llamar "descendencia", es necesario tomar resueltamente posicin contra el darwinismo. El tronco original de la humanidad, a la cual las razas superiores (sean antiguas o contemporneas) pertenecen, no proviene del mono, ni del hombre mono de la era glaciar (el hombre musteriense o de Neanderthal y el hombre de Grimaldi), hecho que los especialistas no racistas tienden a reconocer cada vez ms. El hombre simiesco no corresponde a una rama humana en particular, ms que por aquellos elementos que se han incorporado de otras razas humanas superiores bien precisas (elementos que aparecen como ms recientes que l, haciendo as nacer la ilusin de que han sufrido ms evolucin), por la nica razn de que aparece ms tarde sobre los mismos territorios, procedentes de regiones en gran parte destruidas o devastadas por cataclismos y modificaciones cismticas.

Es absolutamente vital comprender el significado de este cambio de perspectiva propio de las concepciones racistas: lo superior no deriva de lo inferior. En el misterio de nuestra sangre, en la profundidad ms abisal de nuestra era, permanece inefable la herencia de tiempos primordiales: pero no se trata de una herencia de brutalidad, instintos bestiales y salvajes abandonados a s mismos, como pretende un cierto psicoanlisis y como se puede concluir lgicamente a partir del evolucionismo y del darwinismo. Esta herencia de los orgenes, est herencia que procede del fondo de las edades es, por el contrario, una herencia de luz. La fuerza de los atavismos, en tanto que expresin de los instintos inferiores no pertenece a esta herencia fundamental: es algo que, ya sea originndose y desarrollndose segn un proceso de degradacin, de involucin o de caida (cuyo recuerdo permanece bajo forma de mitos diversos en las tradiciones de casi todos los pueblos) procede de una contaminacin, de una hibridacin debida al aporte extranjero, a los avatares del hombre de la era glaciar, es la voz de otra sangre, de otra raza, de otra naturaleza y de la cual no se puede decir que sea humana sino por puro tomar partido. Sea por la razn que sea, cuando intuimos el acierto de la frmula platnico: "dos almas luchan en mi seno", hay que analizarla a la luz de lo que acabamos de exponer para comprender su sentido exacto. Solo puede adherirse al mito evolucionista y darwinista el hombre en el que habla la otra herencia, (introducida a travs de un hibridismo) pues ha conseguido hacerse suficientemente fuerte como para imponer y sofocar toda sensacin de la presencia de la primera.

Otro prejuicio combatido por el racismo es el encerrado en la bien conocida frmula "Ex Orente lux". En muchos persisten an hoy las ideas segn la cual las ms antiguas civilizaciones habran nacida en la cuenca mediterrnea orienta( o en Asia Occidental: sera de ellas y despues de la religin hebra(ca de donde Occidente habra sacado su luz.

Occidente hasta una poca ms tarda, sobre todo, en las regiones septentrionales, habra permanecido en estado salvaje y brbaro. Con el racismo hay aqu igualmente un cambio total de perspectiva. Las civilizaciones asiticas no tienen nada de original y menos aun de puro. El origen de la ms alta civilizacin propia a las razas blancas y de un modo general indoeuropeas no es oriental sino occidental y nrdico-occidental. As que como ya hemos dicho se encuentran en este mbito unidos a una prehistoria que aun ayer se hubiese podido creer fabulosa. Frente al esplendor de la prehistoria nrdico occidental y aria, las civilizaciones asitico orientales aparecen como crepusculares e hbridas, tanto espiritual como tnicamente. Lo que ocultan, verdaderamente grande y luminoso, procede, en realidad, de la accin inicial civilizadora del ncleo perteneciente a las razas dominadoras nrdico-occdentales.



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